jueves, 4 de febrero de 2010

La sociedad gaiana: Parte II

Trece años de adiestramiento intensivo. Trece años durante los cuales quedaban expuestos al capricho del jefe de la horda; años durante los cuales los ehtos los observaban jugar, los incitaban a combatir entre si y trataban de descubrir las habilidades de cada uno. Trece años en los que aprendían a mirar, observar, aguantar, apretar los dientes, golpear, resistir y a callarse la boca. Y, después de los veinte, tardaban todavía diez años más en hacerse ciudadanos de pleno derecho. Luego de educarlos durante trece años todavía se los tenía en observación por diez años más para ver si el proceso educativo había producido los resultados esperados.
A medida en que crecían, las exigencias iban en aumento. En cierto momento se los dejaba calvos. Se los obligaba a caminar descalzos y a jugar desnudos. A los doce años se les daba una única pieza de vestimenta, sin ningún tipo de ropa interior, que debían usar durante todo el año. Los quemaba el sol y se bañaban en las noches de invierno. Dormían juntos, comían juntos, vivían juntos y jugaban juntos. Debían preparar sus lechos con hierbas arrancadas a mano. Algunos de ellos debían hacer de policía y vigilar a propios y ajenos, quedando afectados dentro de una sociedad secreta llamada krypteia.
En la ceremonia de elevación a guerrero, ante las reliquias de Lua, y sostenido por una khipuska, los ehtos gaianos aprendían a soportar el dolor. Se los flagelaba hasta hacerlos sangrar y si la ceremonia no se desarrollaba según el gusto de la khipuska, los latigazos debían ser más fuertes. Y, en esto, no sólo tenían que disimular el dolor, hasta tenían la obligación de mostrarse alegres.
Pese a sonar crueles, y por sorprendente que parezca, no lo eran. Eran duros. Feroces quizás, pero crueles no. En la verdadera crueldad hay siempre mucho de arbitrario y caprichoso. Las personas realmente crueles lo son más por placer que por necesidad. Los gaianos tenían una única filosofía: formar hombres duros para una vida dura.
A pesar de este adiestramiento infernal, son seres humanos como todos. Son entusiastas de los colores hermosos y de los elegantes atuendos, aún cuando a los viejos guerreros se los vea a veces un poco desalineados, con la desidia típica de los veteranos de guerra. Amaban a sus madres con una intensidad conmovedora y honraban a sus abuelos con un respeto sublime.
El adiestramiento no siempre borraba sus defectos. Alguno son volubles; otros, volátiles. Los hay mentirosos, egoístas, malvados y hasta hay entre ellos traidores…
Pero, con virtudes y defectos, son de una sola pieza. Íntegros en el sentido orgánico de la palabra. No les interesa ser buenos o malos. En realidad, eso es algo que nunca les importó. Los gaianos jamás han pretendido ser buenos. La vida en Gaia no estaba determinada por la bipolaridad del bien y el mal. El gaiano no tiene noción de lo que es el pecado. La bipolaridad que galvaniza la vida gaiana es de índole ecológico. Pero no de índole ecológico-contemplativa sino de un orden ecológico-práctico.
Toda su mitología no es sino un hermoso cuento en el que creen, no porque fuese necesariamente cierto, sino porque era, y sigue siendo, hermoso. Los gaianos viven traicionándose mutuamente. Pero cada traición es una obra maestra de la intriga. Nunca pretenden ser moralmente intachables. Quieren ser espléndidos… y nada más.
Entre ellos, los ehros son todavía más que eso: son formidables. Basta una formación de 800 guerreros para hacer temblar a cualquiera y una de apenas 300 para cubrirse de gloria. Algunos los exaltan, quizás más allá de sus verdaderos méritos. Otros los denigran, quizás porque los seres pequeños nunca entenderán a los grandes. Pero nadie los olvidará jamás… son inmortales.

Continuará...

viernes, 29 de enero de 2010

La sociedad gaiana: I Parte

La ciudad de Gaia se fundó en la región donde fuera la antigua ciudad de Quito. Esta nova-ciudad levantada sobre los cuatro mil metros de altura y en plena línea ecuatorial, se edificó en medio de dos macizos rocosos de origen volcánico conocidos en la antigüedad como el Ruco y el Guagua Pichincha. Este territorio formó parte de una de las provincias noroccidental de la desaparecida Liga Sudamericana de Naciones.
Los hijos de Gaia, conocidos también como gaianos, mantienen puras sus características originales puesto que no se mezclaron con el resto de grupos humanos sobrevivientes de la Gran Guerra, constituyéndose en una organización social y política única.
Los ehros son el orgullo de Gaia. Estos guerreros perfectos han sido los guardianes de la tierra y de la vida. Mezcla de mito y vedad, son los garantes de que esta sociedad haya sobrevivido. Estos hombres constituyen el estrato minoritario de la población y al ser pocos hicieron lo que siempre hacen los pocos para perpetuarse, ser los mejores.
Erradicaron de sus vidas todo lo que podía llegar a debilitarlos. Se sometieron a una férrea disciplina que, en pocas generaciones, los convirtió en una estirpe prácticamente indestructible. Se adiestraron con tenacidad en aquellas virtudes que necesitaban para producir un tipo de ser humano que fuera capaz de lograr los más difíciles objetivos militares y políticos.
Al iniciar una guerra, los ethos aplicaban técnicas de combate temerarias, que eran una combinación de sofisticación con arcaísmo. Uno de sus principales ritos guerreros, y por el cual los temían tanto, era porque al final de cada batalla decapitaban a sus enemigos y les reducían el cráneo. Estas cabezas enanas las exhibían orgullosos como trofeos y como amuletos.
Pero el camino que debían transitar aquellos que querían ser ehros era duro. En realidad, era durísimo. Con siete años el pequeño gaiano se despedía de su madre e ingresaban a la hermandad. Los padres de un varón poco tenían que decidir en cuanto a su educación más allá de los siete años. Hasta ese momento las madres gaianas lo habían criado sano, equilibrado y especialmente valiente. A veces, lo bañaban en las noches más frías porque creían que las criaturas enfermizas morían pronto, sea por el clima radical o por los duros entrenamientos, en cambio las sanas se fortalecían. A los niños se los educaba para comer lo que hubiere; se los dejaba a oscuras para que perdiesen el miedo a la oscuridad y a solas para acostumbrarlos a valerse por si mismos. Las madres, ciertamente, no eran sobreprotectoras.
Ya al nacer, el niño gaiano era llevado al Oráculo de Khipu. Allí, los ehtos, o ancianos de su estirpe, examinaban a la criatura y, si la hallaban apta, podía volver con su madre, caso contrario, lo abandonaban a su suerte. Pese a ser contados los casos, gracias a la propia evolución de su raza, los gaianos eran de la opinión que "...dejar con vida a un ser que no fuese sano y fuerte como para sobrevivir, no resulta beneficioso ni para el Estado ni para el individuo mismo".
Al no existir antibióticos, diagnóstico por imágenes, salas de terapia intensiva, ni siquiera aspirina, la práctica no deja de ser terriblemente cruel. Sea como fuere, en Gaia, a la edad de siete años, los sobrevivientes de la eutanasia ingresaban a la hermandad. A partir de ese momento vivían en hordas cuyo jefe era un niño mayor. Siete años más tarde, a los 14, se convertían en guerreros versados en las armas, la música, la naturaleza y la mitología, e impregnados hasta la médula de los conceptos del deber, el honor y la obediencia. Seis años más tarde eran hombres. Su educación había terminado.

Continuará...